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Por: Max Berru | Cuentos No hay comentarios en LLANTO EN EL VIENTRE

LLANTO EN EL VIENTRE

“¡Napoleón…. Napoleón!”

“Mmm”

“Escuché clarito el llanto de nuestro hijo…”

Napoleón acaricia la prominente barriga de Victoria y le dice: “Si es verdad que escuchaste su llanto, quiere decir que nuestro hijo va a tener alguna virtud que un niño normal no tiene, pero esta solo se descubrirá cuando cumpla los tres años; por desgracia estos niños especiales no tienen larga vida, tenemos que protegerlo, primero que todo lo llamaremos José María, para que junto con nuestras plegarias alcance a vivir un poco más, pero eso si, tienes que guardar el secreto, porque si este es revelado el niño morirá a  los pocos días de haber cumplido diez años de vida.”

 

Ya eran las cinco de la madrugada y los gallos empezaron a cantar. Poco después se  empezó a sentir el aroma inconfundible del café de Cariamanga. La casa era de adobe y  el techo con tejas, tenía portales que formaban una C, el resto era construcción más nueva y en el centro había un patio por donde pasaban las mulas, los caballos y lo burros a la pesebrera que se encontraba en el patio trasero de la casa. Había un pequeño huerto para el abastecimiento de las verduras que terminaba en una quebrada que en verano permitía disfrutar de sus cristalinas y tranquilas aguas, pero que en invierno se convertía en un torrente que arrastraba de todo y por lo tanto era muy peligroso. Cruzando el puente de esta quebrada empezaba un yerbatal de tres hectáreas que ofrecía un escenario magnífico para jugar a las escondidas, a las casitas, a los matrimonios, no solo para los niños, sino principalmente para los más grandecitos y la hierba servía para alimentar a los animales.

 

Los primeros días de junio, empezando el verano, Victoria sintió las primeras contracciones y llamaron a Griselda, la matrona del pueblo que heredó esta profesión de su madre Grimanesa, que trajo al mundo a José María quién nació sanito.

 

Empezaron las visitas de amigos y parientes a cualquiera hora durante todo el día y parte de la noche, la cocina estaba siempre con fuego en la cual Delfina y su ayudante, pelaban y cocinaban con agilidad los pollos y las gallinas criadas en casa, que eran ofrecidas a las visitas como sabrosos secos y aguados (platos criollos).

Los lomos de cerdo y vacuno eran fileteados de tal manera que quedaban como una delgada manta de carne que primero se salaba y luego se colgaba de un alambre que cruzaba la cocina de lado a lado hasta que quedaba oreada pero no dura. Esta se asaba sobre la parrilla y se servía con yuca  y una salsa picante de color verde a base de cilantro, ají y maní y era para los que llegaban al medio día, mientras que para los que llegaban más tarde, se les servía café con tamales. Había dos formas de hacer el café, la más formal era el café de tintura que se obtenía filtrando el café en una chuspa (bolsa) de tela bien tupida para que lentamente y gota a gota se fuera formando la tintura que era servida a la mesa en una “tinturera” de cristal, para que cada uno se sirviera a su gusto y luego le agregara el agua caliente. La otra manera se llamaba café de chuspa, que se ponía algunas cucharadas de café molido en una chuspa de tejido menos tupido y esta se colocaba sobre la taza, se agregaba el agua caliente en la chuspa y el café caía directamente en la taza. Los tamales eran de maíz rellenos con carne de cerdo o de gallina envueltos en hojas de “ashyra” o de plátano.

 

A los que llegaban de noche, se les servía un canelazo, el trago más popular en el Ecuador que se prepara en una olla grande en donde se hace hervir las naranjillas y la canela; luego se endulza con panela y se le agrega el aguardiente de caña que se toma caliente.

 

Las visitas se realizaban durante los diez primeros días de nacida la criatura y todos llegaban con regalos para la guagua, pero también llegaban con alimentos para ayudar a solventar los gastos de la casa.

 

Victoria tenía que guardar rigurosamente la cuarentena, es decir que tenía que estar cuarenta días en cama y comer todos los días caldo de gallina, seguramente por eso es que llegó a tener 14 hijos y siempre fue bien sanita y trabajadora.  Vivió hasta los 100 años y el día de su muerte llamó a mi hermana Olguita, su nieta regalona y le pidió que la acompañara a su cama porque quería morirse. Mi hermana creyendo que era una broma la acompañó. Mi abuela se acostó en su cama, le tomó la mano, dio un largo suspiro y se murió tranquila.

Los habitantes de Cariamanga eran agricultores o comerciantes y gran parte de estos últimos eran contrabandistas, profesión tan digna como la de un médico o un abogado. Los hermanos Napoleón y Timoleón Berrú eran agricultores y comerciantes, llevaban productos de Ecuador al Perú y traían del Perú otros productos para ser vendidos en Ecuador. Tenían un convenio con la Compañía Minera de Portovelo, una compañía inglesa que explotaba minas de oro y cada cierto tiempo llevaban piaras de ganado de vacuno para alimentación de los que trabajaban en la Mina y en una de estas entregas de ganado fue cuando José María, reveló su virtud que lo diferenciaría de los demás niños. Su madre, preocupada al ver que  su esposo y su cuñado no llegaban de las minas de oro como de costumbre, temía que hubiesen sido asaltados por las bandas de ladrones que habían en los caminos, pero José María para tranquilizarla le dijo que se les había caído un toro en un barranco y que demoraron más de un día en sacarlo, faenarlo y venderlo por libras a la gente en Portovelo. La madre no dio mucho crédito a este cuento, pero a las pocas horas llegó un telegrama diciendo lo que José María le había contado y así se enteraron que el niño tenía el don de adivinador.

 

El niño se veía normal, despierto, inteligente y aprendía rapidísimo lo que le enseñaban en la escuela. Fue así como empezó a destacarse como el mejor alumno, lo que provocó admiración y envidia entre sus compañeros ya que sin hacer ningún esfuerzo lograba las mejores calificaciones. Cuando ellos se dieron cuenta que José María adivinaba lo empezaron a llamar “Brujo”. Esto afectó a José María, que empezó  a ser menos comunicativo, convirtiéndose  en un niño reservado, con cierta expresión de tristeza. La madre preocupada por la transformación notoria del niño, llamó a su comadre Virginia que era la madrina del pequeño, para juntas ayudarlo a salir de la tristeza. Fue entonces cuando Victoria decide revelarle el secreto a su comadre, lo que complicó más a José María. Un día la madre preocupada por la actitud triste del niño que no correteaba, que no estudiaba, antes de irse a la Escuela temprano por la mañana le preguntó si se había preparado para la lección de esa mañana  y el suelto de cuerpo le respondió que sí. Entonces su madre tomó el libro para comprobar si había estudiado y el niño le recitó de memoria con punto y coma las cuatro páginas asignadas… No había ninguna duda que el niño era adivino.

 

Cada cierto tiempo su padre se ausentaba durante algunos días para realizar sus negocios y como hermano mayor le correspondía cuidar y alimentar a los doce gallos de pelea que permanecían amarrados en varias partes de la casa y entrenarlos para la pelea dominical en la Gallera de Don Valentín, en el Barrio de La Loma, donde llegaban unas doscientas personas. Sobre un mesón, los dueños o entrenadores exhibían sus gallos para ser cotejados, pesados y así formar las parejas que eran anotadas en una pizarra, todo esto ocurría alrededor de las 10 de la mañana, mientras se regaba el ruedo de tierra para que los gallos no levantaran  tanto polvo. Ponían a la hora el reloj que colgaba de una soga en el centro del ruedo y cuando terminaban de ponerles a los gallos las espuelas largas y afiladas que generalmente eran de carey o de hueso, entraba la pareja de gallos al ruedo, el juez tomaba las apuestas de los dueños, sabiendo que a él le correspondía el 10%, mientras que en las galerías los apostadores lo hacía a grito pelado para hacerse escuchar con tanta bulla y entusiasmo. Lo curioso era que los apostadores que habían apostado a un gallo, si este estaba perdiendo empezaban apostar al otro y todo esto con una velocidad impresionante y casi nunca se equivocaban en las cuentas. Una vez terminada la pelea, el mismo personaje cobraba a unos y pagaba a otros. La palabra era sagrada y era respetada, porque si alguno se quería hacer el vivo podía terminar muerto con un balazo en el pecho. Algunos almorzaban en el casino de la gallera, mientras que a otros sus propias mujeres les enviaban el almuerzo que se lo servían entre pelea y pelea escuchando los pasillos, boleros, corridos y rancheras que interpretaba algún dúo con requinto y guitarra y sus atipladas voces. El guaro, (aguardiente de caña) corría como agua en pasillos y galerías y antes del ocaso los galleros empezaban su retirada tambaleándose en sus caballos.

 

Llegó el día en que José María cumplió 10 años y se  lo celebraron con una gran fiesta para subirle el ánimo, pero ese día fue uno de los más tristes de su vida. Su madrina Virginia, en forma reservada, le había pedido que por favor le revelara quien le había robado sus joyas y en donde se encontraban. El ahijado le respondió con rabia que el no era un brujo, pero ella le insistió tanto que él, para sacársela de encima, le develó el nombre del ladrón y el lugar donde se encontraban sus joyas. Otra vez había acertado en todo el niño “brujo” y su madrina, luego de recuperar sus joyas, le contó a todo el mundo que su ahijado era adivino.

El niño dejó de ir a la escuela ya que había entrado en un estado depresivo nunca visto. No tenía apetito, no sonreía, no jugaba y una noche decidió morirse. Su madre lo sabía porque le había revelado el secreto a su comadre  y porque esa noche rezó la Novena con ella. Además José María, el niño “Brujo”, había dejado su ropa limpia y planchada en su velador, para sus funerales.

 

Septiembre 2008

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