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Por: Max Berru | Cuentos No hay comentarios en NICANDRO

NICANDRO

Como de costumbre los hermanos Berrú Carrión llegábamos de la Escuela pasado el medio día para  almorzar en la larga mesa del comedor de nuestra casa, mientras el mudo Lequerica  y el ciego Ángel María, dos pordioseros del pueblo, almorzaban en el patio, pero ese día había un tercer personaje que comía con ellos. Este no tenía aspecto de pordiosero, era joven, como de unos 25 años, alto, blanco de barba y lo único raro que tenía era un sombrero de paño gris sobre su cabeza que terminaba en una larga copa. Mi padre al vernos inquietos nos dijo que este personaje se llamaba Nicandro Montero, hijo de Salvador Montero, un destacado comerciante que lo había mandado a estudiar Ingeniería Aeronáutica en Los Estados Unidos, para que aprenda hacer aviones, pero que se volvió loco de tanto estudiar. Eso de que se volvió loco no nos inquietaba porque en el pueblo habían varios locos que nos visitaban permanentemente. Terminado el almuerzo nos acercamos a él y nos hicimos amigos en la medida que íbamos construyendo aviones de papel, de cartón, de madera y de todos los materiales que encontrábamos. Nicandro era de pocas palabras pero fue categórico al decirnos que no le fuéramos a quitar el sombrero.

 

Poco a poco los niños de Cariamanga se fueron enterando de que en la casa de los Berrú Carrión había un Ingeniero Aeronáutico que por las tardes jugaba con nosotros y empezaron a llegar para incorporarse en la producción de aviones.

 

En la madrugada del día domingo bajaban de los cerros como fantasmas los campesinos vestidos de blanco y las mujeres vestidas de negro que entraban a la iglesia de La Merced a la misa de las seis de la mañana y junto con ellos entraba también nuestro constructor de aviones, que a pesar de los reclamos de la gente y hasta del mismo sacerdote  nunca se sacó el sombrero dentro de la iglesia.

 

 Después de la misa los campesinos tendían en el suelo de la plaza sus jergas y ponchos donde exponían los productos de la tierra que traían para vender o intercambiar, transformando la plaza en una feria que duraba hasta el medio día.

 

Un domingo nuestro amigo Nicandro no llegó a la misa, pero cerca de las 10 de la mañana salió de su casa con un machete en la mano persiguiendo a la gente y en menos de cinco minutos desapareció la feria. Algunos entraron en las casas que rodeaban la plaza y lo miraban desde las puertas y ventanas entreabiertas. Nicandro estaba sentado en una piedra grande que había en el centro de la plaza. Al poco rato llegaron los dos guardias civiles del pueblo para arrestarlo, pero se retiraron con los brazos ensangrentados. Media hora más tarde llegó un batallón de 20 soldados bien armados que lo rodearon, mientras Nicandro hacía girar el machete produciendo un pavoroso silbido, hasta que un soldado lo lazó desde lejos. Cayó el machete, cayó el sombrero y con este una larga cabellera que le llegaba hasta las rodillas. Así mismo, amarrado fue llevado y arrastrado al calabozo ante los gritos y protesta de los niños que éramos sus amigos.

 

Al día siguiente, temprano por la mañana unos cuantos niños nos reunimos frente al calabozo y pedimos a los guardias que nos dejaran saludarlo. Cuando entramos al patio central vimos a Nicandro atado de pies y manos a una reja con la cabeza gacha, era la imagen de Jesucristo crucificado. Al acercarnos lo llamamos y el levantó la cabeza, nos regaló una sonrisa y se puso a llorar. Era evidente la paliza que le habían propinado, terapia que antiguamente usaban para calmar a los locos.

 

Por la tarde volvimos a visitarlo. Ya lo habían bañado, le habían cortado el pelo, la barba y parecía un pollo entumecido. Fue así como, durante nuestras visitas, seguimos construyendo aviones junto a él, los cuales fuimos guardando y pintando para festejar el día de su liberación, de la que estábamos seguros, aunque la gente opinaba que lo iban a llevar al manicomio de Guayaquil, mientras otros decían que no era necesario porque se había alocado con el cambio de luna. Un día Benancio, que era un niño campesino, llegó con un tronco muy grande de madera de balsa y con este Nicandro construyó el avión mas hermoso que he visto en mi vida. Lo pintamos color naranja y lo bautizamos el “Gavilán”,  como el ave de rapiña que vuela alto y se detiene en el aire para con su aguda vista mirar su presa y lanzarse en picada para cazarla.

 

Un viernes por la tarde nos dijo el guardia que al día siguiente por la noche lo iban a dejar en libertad. Fue así como inmediatamente les comunicamos a todos los niños amigos de Nicandro que nos juntaríamos el domingo  a las 10 de la mañana frente a la iglesia de La Merced con todos los aviones que habíamos guardado para celebrar su liberación.

 

Esa mañana de domingo el cielo de Cariamanga se llenó de colorido con aviones que volaban en todas las direcciones, pero esa alegría nos duró solo hasta el medio día en que Nicandro salió con el avión en sus brazos, subió al campanario y se lanzó en el Gavilán que no quiso volar ni detenerse en el aire….

 

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